Hay al menos tres aficiones en las que coincido con A.J. Ayer y C.L. Stevenson:el blues, el gin tonic y la tertulia amistosa.
Fue en París, en 1975, cuando tuve la oportunidad de asistir, atendiendo a la invitación de mi buen amigo Philippe Rault, a la grabación en los estudios Barclay y para la colección Blue Star–House of the blues, del long play Mississippi Delta Blues, a cargo de Mc Houston Baker. No habían terminado todavía los músicos de afinar sus guitarras cuando se me acercó Philippe –estaba sentado yo en un rincón de la sala, sólo, bebiendo gin– y me dijo:
- Oye, Antonio ¿no te gustaría conocer a esos dos que están charlando en aquella mesa? Son filósofos y parecen divertidos...
- Vale, mientras me dejen oír la música...
Me levanté, acompañé a Philippe, nos presentó y me senté con ellos. Al cazar al vuelo palabras como blues y emotivismo ético en la conversación que mantenían, no pude por menos que preguntar:
- Señor Ayer, ¿qué es eso del emotivismo ético? ¿tendría la amabilidad de explicarlo de modo que pueda entenderlo un zote como yo?
- Bueno, señor Estellés, déjeme ver si se lo puedo argumentar sucintamente sin mancharme de ginebra la chaqueta de Oxford. Empecemos por lo directo: el emotivismo ético sostiene que los enunciados morales no tienen significado cognitivo. ¿Por qué, me puede preguntar Vd.? Pues porque sucede que un enunciado tiene significado cognitivo si y sólo si posee condiciones de verdad, y esto último ocurre si y sólo si: a) es un enunciado analítico ó b) posee contenido empírico en términos de condiciones de contrastación. Ninguno de los dos es el caso para los enunciados éticos; ni son analíticos – no son tautológicas las proposiciones de la forma "X es bueno" o "lo bueno es X" – ni tampoco son empíricos, puesto que no pueden ser verificados o refutados por la experiencia, y esto puede verse por lo menos en dos sentidos: i) que, para cualquier condición de contrastación que contenga en sí misma términos éticos, ella no añadirá nada a la experiencia, y por lo tanto al contenido empírico del enunciado, y ii) para cualquier condición de contrastación empírica propuesta para el enunciado "X es bueno", aún cabe preguntar si X es bueno, de modo que en ninguno de los dos casos hemos conseguido un método de contrastación empírica. Por lo tanto, los enunciados morales carecen de significado cognoscitivo, el discurso moral no es evaluable en términos de verdadero/falso. Y aquí puede Vd. preguntarse: ¿acaso no tendrán alguna especie de significado o de connotación, puesto que no son mero ruido? Y mi respuesta es que tienen una especie de significado emocional, puesto que son expresiones de sentimientos favorables o desfavorables hacia X; por lo breve, el discurso ético no es cognoscitivo, sino emotivo: es por eso que me llaman emotivista.
- Pero, Alfred, ¿puedo tutearle? ¿sí? ¡gracias! Eso me suena muy parecido al subjetivismo, a una cursilada como la que proponía Russell en sus edulcoradas cartas a Lady Morrell.
- ¡Ah, l’amour, l’amour! Pues fíjate que no, Antonio, no es que el discurso moral describa mis emociones, sino que sólo las expresa. No es un signo exterior que apunta hacia mis emociones, o que sea una reseña del estado de cosas de mi estado de ánimo subjetivo; es, si se quiere, una parte pública de mis emociones, y por lo tanto tiene su porción en la tarta de la intersubjetividad.
- ¿De modo que bueno significa algo así como ¡hurra! y malo algo así como ¡fuera!? Suena raro decir que el genocidio es malo es intercambiable por ¡genocidio! ¡fuera!
- Si, en efecto suena tonto, pero lo tonto aquí es la interpretación y no tanto la doctrina misma. El decir que las exclamaciones y los enunciados emotivos tienen funciones análogas en el lenguaje no nos compromete a adoptar la doctrina, mucho más fuerte, de la traducibilidad mutua.
- Pero hay todavía algo que no me convence: si los enunciados morales no tienen ningún valor de verdad, ¿cómo es posible que haya discusiones sobre cuestiones de valor?
- Bueno, en realidad no las hay. Toda aparente discusión sobre cuestiones de valor es en realidad una discusión sobre cuestiones de hecho. Las personas que se involucran en discusiones de este tipo por lo general suponen que comparten cierto sustrato cultural y axiológico con sus contrincantes en la disputa. Si se miran bien estas discusiones, gran parte de la argumentación se dirige a apuntar hacia hechos que, según se estima, el opositor no ha tomado en cuenta y de los que se espera que modificarían su opinión, o hechos que se han tomado en cuenta pero a los cuales no se les ha dado la relevancia pertinente. En fin, se supone que los desacuerdos son relativos a cuestiones de hecho y no con respecto a los esquemas axiológicos básicos. Sólo sobre los primeros cabe discusión.
En este momento, Stevenson, quien había estado demasiado ocupado devorando pastas anisadas como para andar discutiendo sobre ética, se endilgó un trago de gin, carraspeó ligeramente e intervino:
- En este último aspecto sólo estoy parcialmente de acuerdo con Alfred. En realidad creo que en el discurso moral se dan genuinos acuerdos y desacuerdos, y no sólo desacuerdos aparentes, como dice Alfred. Creo que si examinamos de cerca las discusiones éticas que hallamos en la práctica, llegamos inevitablemente a la conclusión de que las funciones que cabe encontrar en el lenguaje moral son más complejas de lo que pretende el emotivismo que defiende Alfred. Para empezar, en la argumentación moral hay dos tipos de acuerdos y desacuerdos: bien sobre creencias, bien sobre actitudes. Así, un desacuerdo puede versar o bien sobre lo que se afirma acerca de un estado de cosas, en cuyo caso lo que está en conflicto son las creencias, o bien sobre la valoración (positiva o negativa) que se tenga sobre el estado de cosas en cuestión. En este último caso la incompatibilidad tiene que ver con las actitudes. Vemos que la cuestión es más compleja que el emotivismo de Ayer, aunque hay semejanzas y acuerdos notables: por ejemplo, para seguir con lo que dijo Alfred, los juicios morales expresan actitudes, no las describen. "Esto es bueno" es como si dijéramos "apruebo esto, apruébelo usted también". Yo por mi parte les sugiero que aprueben estas pastitas...
- Bueno, me parece que esa distinción resulta brillante pero es difícil distinguir en la práctica entre creencias y actitudes, creo que siempre están entremezcladas.
- Por supuesto, pero mi distinción es meramente lógica, sólo estoy caracterizando las diferentes facetas del discurso moral, lo cual no me compromete a suponer que las mismas sean separables en la realidad. Al contrario, soy consciente de que las actitudes y emociones están íntimamente ligadas, pero sostengo que dicho vínculo es fáctico y no lógico, de modo que son dos aspectos conceptualmente distintos. Dada esta independencia conceptual, sólo, al menos en principio y con fatigoso trabajo, podemos enunciar nuestros desacuerdos en cuanto a creencias sin hacer mención alguna de nuestras actitudes.
- ¿Nos podrías dar un ejemplo, Charles?
- Ejem, ... ahora mismo no, pero estoy seguro de que se puede, y si quieres darme tu dirección yo te enviaré eventualmente un ejemplo por correo.
- Bueno, Charles – dijo Alfred – pero todavía nos debes una explicación acerca de cómo funciona en realidad la argumentación moral, puesto que en tu opinión existen genuinas discusiones morales, ¿cuáles son las razones que se dan? ¿cómo proceden las pruebas?
- Querido Alfred, si lo que me preguntas es si se puede ofrecer una demostración more geometrico, la respuesta es un rotundo no. Existen,a lo sumo, sucedáneos de prueba, argumentos razonados que, aunque sean distinto de las pruebas científicas, sirven de la misma manera para suprimir las dudas que usualmente hacen que la gente pida pruebas. La posibilidad de esta prueba se apoya en otra característica del discurso moral, que la constituye el hecho de que los enunciados morales tienen cierto magnetismo o carácter dinámico.
- ¿Y eso qué quiere decir?, preguntó Ayer.
- Quiere decir que, al contrario de la mera creencia, mueven a la acción. Las creencias versan sobre hechos. Los juicios morales no se usan tanto para describir hechos como para crear influencias en el oyente. Esto nos trae a las dos dimensiones de significado que cabe encontrar en los juicios morales: la descriptiva, que corresponde a las creencias, y la emotiva, que corresponde a las actitudes. Gracias al valor emotivo, dinamizante, de los juicios morales es posible que estos puedan utilizarse para persuadir a los demás e, incluso, a uno mismo.
- Bueno, – dije yo – si esto es así, ¿cómo se resuelven las disputas morales?
- Hay varias vías según jueguen un papel más preponderante como elementos de prueba los aspectos descriptivo-racionales o los aspectos emotivos. Hay una primera vía que he denominado vía lógica y que es lo más racional y cercano a una prueba que podemos encontrar. Aquí lo esencial es la consistencia, puede mostrársele a alguien que por lo menos dos de sus juicios de valor son mutuamente incompatibles, de modo al menos una de ellos tiene que ser desechada. Digo que se parece a una prueba pero no lo es, porque esta es una vía eminentemente negativa, nos dice que hay inconsistencias en un sistema axiológico, pero no nos dice dónde; además, nos dice lo que no puede ser válido pero no lo que sea el caso. A medio camino entre lo racional y lo emotivo está la que he denominado vía psicológica racional, la cual consiste en cuestionar el alcance y/o la veracidad de las razones a las que se recurre para respaldar un juicio de valor. Esta vía, como la anterior, jamás puede usarse para apoyar un enunciado ético cualquiera, sino solamente con el fin de refutar algún otro. La última y más polémica vía es la que he denominado vía psicológica no-racional, la cual descansa en la fuerza emotiva del lenguaje. Aquí es donde las definiciones persuasivas juegan un rol preponderante.
- ¿Definiciones persuasivas?
- Sí, en ellas, el término definido es un término familiar cuyo significado es a la vez descriptivo y fuertemente emotivo. El propósito de la definición es alterar el significado descriptivo del término, y esto se hace comúnmente acotando su usual vaguedad, de este modo se busca modificar las actitudes. Por ejemplo, aborto, ciertamente implica la interrupción del embarazo, pero si yo lo defino como asesinato –las definiciones implícitas tienen gran valor retórico– estoy modificando considerablemente el valor descriptivo de este controvertido término, asociándolo con el término asesinato, cuya aura emocional negativa es universalmente reconocida. De este modo consigo que, si el oyente es lo suficientemente incauto, él mismo modifique sus actitudes hacia el aborto, o conserve sus actitudes negativas si ya las tenía. Es en esta vía donde más se ilustra la argumentación moral como proceso de persuasión.
Y en ese instante, Mc Houston Baker inició los primeros acordes del Terraplane Blues, se hizo el silencio y las palabras –también las palabras sobre ética– cedieron su turno al único lenguaje en verdad universal, al que no necesita demostración, al que prueba –de modo irrefutable– que sí hay un común denominador entre todos los seres humanos, la emoción que embarga nuestro ánimo cuando es acariciado por la música, la de blues en especial.