lunes, 24 de noviembre de 2008

El regreso de Hot Lips

Parescíame a mí que, con su promoción al obispado auxiliar de Madrid, habríase serenado un tanto la sesera del bueno de Martínez.

Error. “Hot Lips”, relativamente joven aunque sobradamente preparado, a más del obispado sigue fungiendo de secretario y portavoz de la conferencia episcopal española.
Y es con el casquete de portavoz cubriendo su craneo y con leonina actitud rampante, que acaba de ofertar a su afición -entre la cual me cuento- una más de sus magníficas perlas:

“... la presencia de lo religioso en la vida pública inmuniza contra las tentaciones totalitarias”

Bien. Uno ya va teniendo su edad y aunque la memoria flojea no acaba por olvidar del todo.

No olvida que nació en una dictadura y que vivió bajo su férula tanto casi como JS bajo la de los romanos.

Tampoco olvida que en su pueblo fiesta significaba procesión, palio, curas, falangistas y guardias civiles con uniforme de gala.

Tampoco olvida las inefables semanas santas, semanas en las que el país, todo el país, todas las pulsiones del país, estaban al albur de lo que placía al sindicato se la sotana negra.

No olvida...

¡Para qué repetir lo que ya está contrastado hasta la náusea! A Martínez se la suda. Su buen maestro Rouco (¡cómprenle un coche usado, osen!) se formó en Alemania, con Ratzinger, y debe haberle transmitido las teorías comunicativas con las que el ínclito Goebbels fulminó a la realidad.

Pero, si por un aquel, resulta que Martínez se refiere a los tiempos actuales, baste detener la mirada en cualquiera de aquellos países en los que la religión está presente en la vida pública: Irán, Afganistán, Líbano, Irak, ...

Salvo que Martínez sea Humpty Dumpty y, como aquel, piense que las palabras significan lo que uno -si manda- quiere que signifiquen y redefina, a su modo, los conceptos de religioso, vida pública, inmuniza, tentación totalitaria, etc.
Por lo llano, se encuentra -se encuentran- a la busca del mando perdido

miércoles, 19 de noviembre de 2008

5as Jornadas nacionales de Justicia y Comunicación

Allá donde la ciudad pierde su casto nombre la Justicia tiene su ciudad. Culo, nene, culo. Bien cierto es que el culo es vecino del edén. Llamémosle edén al territorio CACSA.

Allí pues, en el culo de la ciudad, al lado del edén, tratan de ayuntarse Comunicación y Justicia. ¿Qui prodest? Comoquiera que la segunda es la pagana, suponemos que es ella la que espera obtener tajada.

Según te acercas a la CJ crece la densidad de CyFSE (¿alguien sabe en qué difieren los “cuerpos” y las “fuerzas” de seguridad del Estado? ¿quién es cuerpo y quién es fuerza? ¿es débil el cuerpo e incorpórea la fuerza?). Crecen los “efectivos” hasta límites londinenses. Tres presidentes inauguran las jornadas. Por eso será la aglomeración de “cuerpos y fuerzas”. La decisión es natural: acreditación y viaje a la cafetería. Bocadillo y a esperar que escampe la inflación presidencial.

10:00 Conferencia inaugural: “Transparencia institucional…”

Arranca la mañana con un diluvio de transparencia. No menos de treinta invocaciones a la misma, en un discurso dedicado a violarla -a la transparencia-, con un sinfín de “peros” achacables -achacados- a la presuntamente innata incapacidad de los “tribuletes” para hacer un uso simplemente correcto de virtud tan “nuestra”. La de la transparencia.

El efecto, arrasador. En el breve coloquio postconferencial, los tribuletes mudos cual difuntos. Ahora bien, si la egregia portavoz del CGPJ -conferenciante– esperaba complacencia entre sus filas, su nombre es yerro. El memorial de agravios desatado entre jueces y fiscales -la portavoz es fiscal– por dirimir si los gabinetes de comunicación de los justicieros “tifan” en favor de los “independientes” o de los “sumisos”, inenarrable. Ninguno pone en cuestión que la función del gabinete sea desinformar transparentemente. Lo puesto en cuestión es a cuál de los colectivos a los que sirve debe cubrir las posaderas con mayor y mejor dedicación. Por supuesto, ni a la sociedad ni a los tribuletes.

11:30 Mesa redonda: “La reputación de la justicia…”

Ni la mesa es redonda ni la justicia tiene reputación. Ni buena ni mala. ¿Los justicieros? De todo habrá, ¿no?.

Abre turno MDM en representación de sí misma. El star system de la rtv en vivo y en directo. Hábil, precisa y contundente. Pronuncia la palabra maldita, “corporativismo” y echa el anzuelo: “los tribuletes ponemos nuestras alcachofas a vuestra disposición. ¡Aprovechadlas!”

Sigue MFO, directora de comunicación de un TSJ. Se esfuerza en convencernos de lo supremamente útiles que son los GC, tanto para ofrecer una buena imagen de los justicieros ante los medios cuanto para “facilitar” el trabajo de los periodistas. Se esfuerza… Se esfuerza.

Continua la función con un tribulete de raza, BCF. Mete la directa y sobre la reputación de los justicieros viene a decir algo así como: “no le digas a mi madre que soy justiciero, dile que trabajo en un burdel”. Claro que, reconoce, cualquier tiempo pasado, a estos efectos, fue peor. Su crítica del fervor con el que unos y otros tratan de satisfacer los apetitos de la masa, retorciendo la ley hasta extremos paroxísticos, tiene la virtud de paralizar a la audiencia con el efecto de anestesiar sus oídos.

El actor secundario RNC nos lleva al clímax. Adverbialmente funciona su cerebro: no menos de 30 “…mente” en no más de diez minutos. Y, entre tanta mente, RNC, delegado local de un medio nacional, lanza, aunque resulta improbable que se dé cuenta, una propuesta revolucionaria: acabar con los medios y con los mediadores, con los periódicos y con los periodistas. Abogando porque cada colectivo se dote del respectivo GC, GC que facilitará a los medios -ya “cocinada” (sic)– la información “veraz” del tal colectivo, posibilitará que los medios puedan prescindir de periodistas expertos en cada sector. Todos los medios publicarán los boletines servidos por los GC, con lo que todos serán “igualmente veraces”. Todos serán el mismo, vaya. El superboletín no oficial del estado. Epatante.

Last, but not least (pero casi) interviene PMN, veterano director de periódico local. Lo tiene claro. La crisis aprieta y hay que salvarla como sea. Reparte “síes” a mansalva en una hipotética encuesta sobre la reputación de la justicia y a continuación, indisimuladamente, recuerda a los justicieros que la fama cuesta, la buena fama mucho más, y que si la quieren deberán pagarla. Invertir en comunicación, es el eufemismo.

El coloquio -la tertulianitis que hace estragos- infumable. Cada loco con su tema. Capuletos contra montescos; agricultores contra ganaderos. Los tribuletes estupefactos. Justiciero hay, fundador de nueva asociación incluso, que protesta desoladamente ante MDM porque los comunicados que febrilmente emite su asociación reciben de los medios un interés tendente a nulo. No tendente, vaya, nulo. Por su cerebro no pasa la idea de que el medio se debe a su audiencia, no a su asociación.

Seguirá mañana. Por lo visto, y remedando al presidente de los periodistas británicos, las relaciones entre tribuletes y justicieros son tensas, están empeorando, y deberemos hacer un gran esfuerzo para que no mejoren.

Benito busca la verdad perdida

Ratzinger ha invitado a todos, especialmente a los universitarios, "a respetar las opiniones de los demás y a buscar, con espíritu libre y responsable, la verdad y el bien".

Joseph pasa por ser un reputado teólogo. En puridad, por ser un “entendido en dios”. Puede que lo sea tanto como puede no serlo. No hay modo -humano al menos- de evaluar el grado de conocimiento de lo incontrastable. No importa demasiado. El que suscribe se autoproclama el máximo experto sobre el “alipáparo común” que existe al este del Mississippi y duda mucho que haya modo -humano al menos- de refutar tamaña afirmación.

Pero aparte de su condición intelectual, Joseph es el presidente del consejo de administración de una de las multinacionales -la número 1- que se dicen herederas de JC y cuya filosofía de trabajo parece emanar de la pseudosalomónica sentencia que reza aquello de “stultorum infinitus est numerus”. Y, obviamente, el bisnes que se puede hacer manipulando a un número de tontos infinito tiende a infinito. Tampoco esto importa demasiado. Al fin y al cabo, el pecado de la tontuna apareja la penitencia de la sumisión.

Otra cosa es su invitación a “respetar las opiniones de los demás y a buscar, con espíritu libre y responsable, la verdad y el bien”. Y que dicha invitación la dirija en especial a los universitarios. De una visita al DRAE obtenemos,

Respetar: 1. tr. Tener respeto, veneración, acatamiento.

Respeto: 1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.

Opinión: 1. f. Dictamen o juicio que se forma de algo cuestionable.

¿En base a qué este bávaro provecto, aficionado a “vestiditos” albos que tan bien casan con su alba cabellera y con estratégicas lagunas que le impiden recordar el pardo del uniforme de las Hitlerjugend que en su día lució, osa invitar a todos -universitarios en especial- al acatamiento y/o veneración de opinión alguna, la suya incluida?

Por definición, acatar y/o venerar son atributos de estulto, nunca de hombre cabal. Y por definición, la opinión -que siempre lo es de algo cuestionable y que ya Platón situaba en el último lugar de su teoría del conocimiento- vale lo que valgan los argumentos que la sostienen y no otra cosa. Porque nada más incierto que la vulgar afirmación de que “todas las opiniones son respetables”. Respetable será -lo es, lo tenemos entre los humanos- el derecho a expresar toda opinión, las estúpidas incluidas. Pero entendiendo siempre que una opinión con bases estúpidas es una estupidez y quien la profiere un estúpido. Lo que nunca esperaba es que Joseph -al parecer el más “intelectual” de los popes en mucho tiempo- hozara en la vulgaridad de ese modo.

Sobre la segunda parte de su invitación…, mejor tascar el freno del sarcasmo. A menos por esta vez. Que el tipo que entre 1981 y 2005 -veinticuatro años, no más- ha sido el jefe de la Inquisición -”Prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe” en términos eufemísticos- llame a buscar verdad y bien con espíritu libre y responsable, lo acerca peligrosamente al delito de sevicia, aplicable en cuanto gusta de apelarse como “Santo Padre”.

Sólo una pregunta ingenua. Si es el representante elegido por Dios -cardenales mediante- para transmitirnos la verdad revelada, y su iglesia es la única propietaria de esa verdad verdadera, ¿a santo de qué llama a buscarla? ¿cuando la perdió? ¿estaba asegurada? …

Me inquieta, de verdad verdadera.

¡Hip, hip, hurra!

Recuerde al alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
…/…
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu´es el morir.
Allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir.

Estas estrofas de Jorge Manrique, sacadas de las Coplas a la muerte de su padre, son parte de una elegía o canto funeral escrito con motivo del tal óbito. Dada la causa, resulta bien traída la interpretación usual que les confiere un carácter quejumbroso-depresivo.
Pero como casi todo en la vida, no están a salvo de que un spin doctor las voltee y las interprete en clave cercana a la exclamación que reza: ¡Folleu, folleu, que el món s’acaba! Es el caso y en esa clave se incluyen.
Este va a ser el último aporte –hasta el próximo curso al menos– a este blog. Porque hora es de recordar que debe su nacimiento a una exigencia académica, y cumplida la susodicha está en su naturaleza que vaya derecho a se acabar de consumir.
Porque es el caso apuntar que su autor, sibarita él, es de los que prefieren comer a cocinar, leer a escribir, aprovechar los frutos del talento ajeno que exprimir lo escaso del suyo. No dependiendo el nivel de su autoestima del interés que el homo cualunque tenga por el producto de sus elucubraciones, está transitoriamente en esto para fisgonear el mundo de los comunicadores, los que le surten del material que gusta de consumir.
Estas cosas, de ser posible, tienen que acabar in bel.lezza, apoteósicamente. Como acaban las variedades arrevistadas en las que la supervedette desciende hierática por la magna escalera entre el fervor de los boys y del estimado público al que tanto quiere y al que tanto debe. Como acaba cada mascletà de nuestras Fallas, entre no ya el fervor sino la idolatría de nuestra Magna y Simpar Edila.
Estrujándome los sesos estaba para expeler un final tan glamuroso cuando el cartero –ciertamente, siempre llaman dos veces – me trajo el pasado 25 de mayo una carta certificada por la que el señor decano de la facultad a la que asistí los cuatro anteriores años ponía en mi conocimiento que habiendo obtenido yo –YO. La wolfeana década del yo
me ha llegado con treinta años de retraso– el Premio Extraordinario de Licenciatura en Filosofía, se me convocaba el día 31 a las 12 horas en el Aula Magna para participar en el acto de entrega del diploma acreditativo de tan magna hazaña.

Quedéme estupefacto. No porque no fuera consciente de lo merecido del premio (números cantan) sino porque –despegado que es uno– cuando un par de meses atrás me lo había chivado uno de los catedráticos de la facultad, supuse que era una muestra más de su declive intelectual: según él se concedía a petición de parte y lo que es yo, no lo había pedido. ¡Con lo que me reí de Raga Rosaleny un año atrás por hacerlo!
No tenía previsto asistir. Pero cuando me llamaron por teléfono para confirmar el asunto, hice unas cuantas pesquisas de las que se siguió que:
  • Era el primero en conseguir un Premio Extraordinario de Licenciatura tras acceder a la UV por el turno de mayores de 25 años, dada la ausencia de título previo alguno.
  • Era el primero en conseguir un Premio Extraordinario de Licenciatura tras acceder a la UV por el turno de mayores de 25 años y teniendo 60 años cumplidos en el momento de licenciarme.
  • Era el primero en conseguir un Premio Extraordinario de Licenciatura entrando por el turno de 25, acabando con más de 60 y haciendo la carrera en sólo 4 (cuatro años).

Saqué entonces mi autoestima a pasear, convoqué a mi clan -familia y colegas de facultad- y decidí asistir. Fuí, recogí el premio y me largué. Quedé harto de que me tomaran -autoridades académicas incluidas- por el padre de alguna de las criaturas de Ciencias de la Educación -mujeres todas- convocadas a recibir sus correspondientes premios.

La organización del acto, penosa. Los componentes de la mesa, cinco; mi clan -el clan de los quince-; cinco premiadas; los padres de un premiado fallecido y siete asistentes más (el acto incluía el cierre oficial del curso). Los 16 componentes de un grupo de teatro¡? que debían actuar a la conclusión esperando afuera. Para cuando llegó su turno, no debía quedar ya nadie.

La posterior celebración, espléndida. Cualquiera que haya visto imágenes de Francis Ford Coppola en Napa Valley comiendo en mesa larga rodeado por su clan, entenderá a lo que me refiero. Quince, con nieto incluso, y con el recato bajo siete llaves. Estuvo bien.

Y ahora hay que cortar, con belleza. Los exámenes finales esperan.

El blues de Ayer y Stevenson

Hay al menos tres aficiones en las que coincido con A.J. Ayer y C.L. Stevenson:el blues, el gin tonic y la tertulia amistosa.

Fue en París, en 1975, cuando tuve la oportunidad de asistir, atendiendo a la invitación de mi buen amigo Philippe Rault, a la grabación en los estudios Barclay y para la colección Blue Star–House of the blues, del long play Mississippi Delta Blues, a cargo de Mc Houston Baker. No habían terminado todavía los músicos de afinar sus guitarras cuando se me acercó Philippe –estaba sentado yo en un rincón de la sala, sólo, bebiendo gin– y me dijo:

- Oye, Antonio ¿no te gustaría conocer a esos dos que están charlando en aquella mesa? Son filósofos y parecen divertidos...

- Vale, mientras me dejen oír la música...


Me levanté, acompañé a Philippe, nos presentó y me senté con ellos. Al cazar al vuelo palabras como blues y emotivismo ético en la conversación que mantenían, no pude por menos que preguntar:

- Señor Ayer, ¿qué es eso del emotivismo ético? ¿tendría la amabilidad de explicarlo de modo que pueda entenderlo un zote como yo?

- Bueno, señor Estellés, déjeme ver si se lo puedo argumentar sucintamente sin mancharme de ginebra la chaqueta de Oxford. Empecemos por lo directo: el emotivismo ético sostiene que los enunciados morales no tienen significado cognitivo. ¿Por qué, me puede preguntar Vd.? Pues porque sucede que un enunciado tiene significado cognitivo si y sólo si posee condiciones de verdad, y esto último ocurre si y sólo si: a) es un enunciado analítico ó b) posee contenido empírico en términos de condiciones de contrastación. Ninguno de los dos es el caso para los enunciados éticos; ni son analíticos – no son tautológicas las proposiciones de la forma "X es bueno" o "lo bueno es X" – ni tampoco son empíricos, puesto que no pueden ser verificados o refutados por la experiencia, y esto puede verse por lo menos en dos sentidos: i) que, para cualquier condición de contrastación que contenga en sí misma términos éticos, ella no añadirá nada a la experiencia, y por lo tanto al contenido empírico del enunciado, y ii) para cualquier condición de contrastación empírica propuesta para el enunciado "X es bueno", aún cabe preguntar si X es bueno, de modo que en ninguno de los dos casos hemos conseguido un método de contrastación empírica. Por lo tanto, los enunciados morales carecen de significado cognoscitivo, el discurso moral no es evaluable en términos de verdadero/falso. Y aquí puede Vd. preguntarse: ¿acaso no tendrán alguna especie de significado o de connotación, puesto que no son mero ruido? Y mi respuesta es que tienen una especie de significado emocional, puesto que son expresiones de sentimientos favorables o desfavorables hacia X; por lo breve, el discurso ético no es cognoscitivo, sino emotivo: es por eso que me llaman emotivista.

- Pero, Alfred, ¿puedo tutearle? ¿sí? ¡gracias! Eso me suena muy parecido al subjetivismo, a una cursilada como la que proponía Russell en sus edulcoradas cartas a Lady Morrell.

- ¡Ah, l’amour, l’amour! Pues fíjate que no, Antonio, no es que el discurso moral describa mis emociones, sino que sólo las expresa. No es un signo exterior que apunta hacia mis emociones, o que sea una reseña del estado de cosas de mi estado de ánimo subjetivo; es, si se quiere, una parte pública de mis emociones, y por lo tanto tiene su porción en la tarta de la intersubjetividad.

- ¿De modo que bueno significa algo así como ¡hurra! y malo algo así como ¡fuera!? Suena raro decir que el genocidio es malo es intercambiable por ¡genocidio! ¡fuera!

- Si, en efecto suena tonto, pero lo tonto aquí es la interpretación y no tanto la doctrina misma. El decir que las exclamaciones y los enunciados emotivos tienen funciones análogas en el lenguaje no nos compromete a adoptar la doctrina, mucho más fuerte, de la traducibilidad mutua.

- Pero hay todavía algo que no me convence: si los enunciados morales no tienen ningún valor de verdad, ¿cómo es posible que haya discusiones sobre cuestiones de valor?


- Bueno, en realidad no las hay. Toda aparente discusión sobre cuestiones de valor es en realidad una discusión sobre cuestiones de hecho. Las personas que se involucran en discusiones de este tipo por lo general suponen que comparten cierto sustrato cultural y axiológico con sus contrincantes en la disputa. Si se miran bien estas discusiones, gran parte de la argumentación se dirige a apuntar hacia hechos que, según se estima, el opositor no ha tomado en cuenta y de los que se espera que modificarían su opinión, o hechos que se han tomado en cuenta pero a los cuales no se les ha dado la relevancia pertinente. En fin, se supone que los desacuerdos son relativos a cuestiones de hecho y no con respecto a los esquemas axiológicos básicos. Sólo sobre los primeros cabe discusión.


En este momento, Stevenson, quien había estado demasiado ocupado devorando pastas anisadas como para andar discutiendo sobre ética, se endilgó un trago de gin, carraspeó ligeramente e intervino:


- En este último aspecto sólo estoy parcialmente de acuerdo con Alfred. En realidad creo que en el discurso moral se dan genuinos acuerdos y desacuerdos, y no sólo desacuerdos aparentes, como dice Alfred. Creo que si examinamos de cerca las discusiones éticas que hallamos en la práctica, llegamos inevitablemente a la conclusión de que las funciones que cabe encontrar en el lenguaje moral son más complejas de lo que pretende el emotivismo que defiende Alfred. Para empezar, en la argumentación moral hay dos tipos de acuerdos y desacuerdos: bien sobre creencias, bien sobre actitudes. Así, un desacuerdo puede versar o bien sobre lo que se afirma acerca de un estado de cosas, en cuyo caso lo que está en conflicto son las creencias, o bien sobre la valoración (positiva o negativa) que se tenga sobre el estado de cosas en cuestión. En este último caso la incompatibilidad tiene que ver con las actitudes. Vemos que la cuestión es más compleja que el emotivismo de Ayer, aunque hay semejanzas y acuerdos notables: por ejemplo, para seguir con lo que dijo Alfred, los juicios morales expresan actitudes, no las describen. "Esto es bueno" es como si dijéramos "apruebo esto, apruébelo usted también". Yo por mi parte les sugiero que aprueben estas pastitas...

- Bueno, me parece que esa distinción resulta brillante pero es difícil distinguir en la práctica entre creencias y actitudes, creo que siempre están entremezcladas.

- Por supuesto, pero mi distinción es meramente lógica, sólo estoy caracterizando las diferentes facetas del discurso moral, lo cual no me compromete a suponer que las mismas sean separables en la realidad. Al contrario, soy consciente de que las actitudes y emociones están íntimamente ligadas, pero sostengo que dicho vínculo es fáctico y no lógico, de modo que son dos aspectos conceptualmente distintos. Dada esta independencia conceptual, sólo, al menos en principio y con fatigoso trabajo, podemos enunciar nuestros desacuerdos en cuanto a creencias sin hacer mención alguna de nuestras actitudes.

- ¿Nos podrías dar un ejemplo, Charles?

- Ejem, ... ahora mismo no, pero estoy seguro de que se puede, y si quieres darme tu dirección yo te enviaré eventualmente un ejemplo por correo.

- Bueno, Charles – dijo Alfred – pero todavía nos debes una explicación acerca de cómo funciona en realidad la argumentación moral, puesto que en tu opinión existen genuinas discusiones morales, ¿cuáles son las razones que se dan? ¿cómo proceden las pruebas?

- Querido Alfred, si lo que me preguntas es si se puede ofrecer una demostración more geometrico, la respuesta es un rotundo no. Existen,a lo sumo, sucedáneos de prueba, argumentos razonados que, aunque sean distinto de las pruebas científicas, sirven de la misma manera para suprimir las dudas que usualmente hacen que la gente pida pruebas. La posibilidad de esta prueba se apoya en otra característica del discurso moral, que la constituye el hecho de que los enunciados morales tienen cierto magnetismo o carácter dinámico.

- ¿Y eso qué quiere decir?, preguntó Ayer.

- Quiere decir que, al contrario de la mera creencia, mueven a la acción. Las creencias versan sobre hechos. Los juicios morales no se usan tanto para describir hechos como para crear influencias en el oyente. Esto nos trae a las dos dimensiones de significado que cabe encontrar en los juicios morales: la descriptiva, que corresponde a las creencias, y la emotiva, que corresponde a las actitudes. Gracias al valor emotivo, dinamizante, de los juicios morales es posible que estos puedan utilizarse para persuadir a los demás e, incluso, a uno mismo.

- Bueno, – dije yo – si esto es así, ¿cómo se resuelven las disputas morales?

- Hay varias vías según jueguen un papel más preponderante como elementos de prueba los aspectos descriptivo-racionales o los aspectos emotivos. Hay una primera vía que he denominado vía lógica y que es lo más racional y cercano a una prueba que podemos encontrar. Aquí lo esencial es la consistencia, puede mostrársele a alguien que por lo menos dos de sus juicios de valor son mutuamente incompatibles, de modo al menos una de ellos tiene que ser desechada. Digo que se parece a una prueba pero no lo es, porque esta es una vía eminentemente negativa, nos dice que hay inconsistencias en un sistema axiológico, pero no nos dice dónde; además, nos dice lo que no puede ser válido pero no lo que sea el caso. A medio camino entre lo racional y lo emotivo está la que he denominado vía psicológica racional, la cual consiste en cuestionar el alcance y/o la veracidad de las razones a las que se recurre para respaldar un juicio de valor. Esta vía, como la anterior, jamás puede usarse para apoyar un enunciado ético cualquiera, sino solamente con el fin de refutar algún otro. La última y más polémica vía es la que he denominado vía psicológica no-racional, la cual descansa en la fuerza emotiva del lenguaje. Aquí es donde las definiciones persuasivas juegan un rol preponderante.

- ¿Definiciones persuasivas?

- Sí, en ellas, el término definido es un término familiar cuyo significado es a la vez descriptivo y fuertemente emotivo. El propósito de la definición es alterar el significado descriptivo del término, y esto se hace comúnmente acotando su usual vaguedad, de este modo se busca modificar las actitudes. Por ejemplo, aborto, ciertamente implica la interrupción del embarazo, pero si yo lo defino como asesinato –las definiciones implícitas tienen gran valor retórico– estoy modificando considerablemente el valor descriptivo de este controvertido término, asociándolo con el término asesinato, cuya aura emocional negativa es universalmente reconocida. De este modo consigo que, si el oyente es lo suficientemente incauto, él mismo modifique sus actitudes hacia el aborto, o conserve sus actitudes negativas si ya las tenía. Es en esta vía donde más se ilustra la argumentación moral como proceso de persuasión.


Y en ese instante, Mc Houston Baker inició los primeros acordes del Terraplane Blues, se hizo el silencio y las palabras –también las palabras sobre ética– cedieron su turno al único lenguaje en verdad universal, al que no necesita demostración, al que prueba –de modo irrefutable– que sí hay un común denominador entre todos los seres humanos, la emoción que embarga nuestro ánimo cuando es acariciado por la música, la de blues en especial.

¡Que vienen los rusos!

Días atrás me declaraba cansado, muy cansado. Lo achacaba a esfuerzos inútiles seguidos de melancolías varias. ¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! Había olvidado –nadie aprecia su propio derrumbe– que no existen límites para la caída. Siempre queda otro punto al menos hacia el que descender. Y para ello, nada mejor que recetarse una dosis de déjà vu.

En el cumplimiento de las tareas propias de mi actual condición de estudiante he asistido a unas Jornadas sobre comunicación de riesgo. Ya el título contiene una anfibología. ¿Trataremos de lo arriesgado del oficio de comunicar, o nos ocuparemos de qué hacer y cómo hacerlo (estrategia y táctica solía llamársele a este par) si nos vemos en la necesidad de informar a nuestro estimado público –al que tanto queremos y al que tanto debemos– de una situación que ponga o pueda poner en peligro su seguridad? Comoquiera que va de lo segundo, sirva esto para constatar la vigencia del dicho de que “en casa del herrero cuchillo de palo”. Un filólogo nos hubiera sugerido, tal vez, que limitáramos nuestra aversión al uso de artículos y que las hubiéramos titulado como Jornadas sobre la comunicación del riesgo.

Este tipo de historias, subsidiarias como tantas otras de la lógica del rock’n roll, se estructura, usualmente, en torno a tres elementos: estrellonas,
teloneros y coros.

Los teloneros, aspirantes a un futuro e improbable estrellato, se lo suelen currar. Si esperas obtener algo útil, en su tienda lo encontrarás. Ofrecen un material relativamente novedoso, que acostumbra a ser fruto de sus propias investigaciones y, aunque carentes todavía de los recursos escénicos usuales en las estrellonas, compensan con entrega las carencias de su bisoñez. En algunos casos, no obstante, el plus de entrega no basta para ocultar el hecho de que el día en que se creyeron llamados al circuito de la exposición académica, el ruido shanniano fuera tal vez excesivo y captaran un mensaje que no los tenía como destinatarios. De todos modos, son buena gente. Y dispuestos. Sólo admiración se puede sentir ante la limpieza con la que reciben los elogios cuando los merecen. Los agradecen y los consideran excesivos. Lo primero ilustra sobre su biennacencia; lo segundo sobre su lucidez.

Los coros son lo más interesante. Pertenecen a la organización del evento, les interesa su éxito y piensan que la antigua fórmula del baño de almíbar no siempre funciona. Por ello, se organizan en dos bloques: soldados y jefes. Los soldados se ocupan de que la intendencia funcione y entonan los
Tehillim, los salmos de alabanza a los actuantes. Tienen, entre otras ocupaciones, la de abrir el turno de preguntas tras cada intervención. Pueden suceder dos cosas: i) no, no hay preguntas, y ii) no hay preguntas. El primer caso se da cuando, efectivamente, nadie pregunta. El soldado está al quite, pone el escabel y hace una pregunta de las de “me alegro de que me haga esa pregunta”. El interpelado la contesta, tutti contenti, y a por el siguiente número. En el segundo supuesto el inquirente es un expositor frustrado que no pregunta sino que suelta una larga parrafada –necesita demostrar cuánto sabe– ante la que la única respuesta apropiada debiera ser: ¿mande? Los jefes, por el contrario, ejercen un control a distancia sobre los soldados y, lo que es primordial, sobre lo que cuentan estrellonas y teloneros. Interesa que se sientan satisfechos con el trato, e interesa –si necesario fuere y en los debates al uso- contraponer sus propias tesis a las de aquellos. Es lo que se llama fijar posición.

Quedan, finalmente los rusos, las estrellonas. En 1966, en plena guerra fría,
Norman Jewison dirigió una película, The Russians Are Coming, the Russians Are Coming (Que vienen los rusos), en la que, en clave de comedia musical, se narraba la historia de un submarino ruso que encallaba en un tranquilo lugar de la costa de los Estados Unidos y cuyos tripulantes salían al exterior a pedir ayuda, pero cerca de allí había una pequeña población cuyos habitantes tomaban por invasión el accidente. A la película le fue bien. Cosechó, entre otros premios, cuatro nominaciones al Oscar y dos Globos de Oro. Pero no la traigo por eso; el motivo es que los tales rusos eran, también en jerga epocal, tigres de papel.
Pues bien, nuestras estrellonas suelen ser eso, tigres de papel. Han conseguido un estatus profesional y sus nombres suenan. Prometen mucho (supongo que por eso se las trae) y dan, a priori, lustre a los eventos en que participan. Mi experiencia me dicta que en este tipo de Jornadas no cabe más que una por día (¿problemas de ego, tal vez?), y que hay que traerlas variadas, como las frutas de las macedonias. Siendo esto así, a dos días de duración corresponde un par de ellas y de posición intelectualmente contrapuesta. A más a más, con lo difícil que resulta conseguir el éxito en este circuito -supongo que como en todos-, ¿a qué ponerlo en riesgo? En absoluto. El primer mandamiento de la estrellona reza así: "Si lo conseguiste haciendo la o con el canuto de las oes, nunca cambies ni de letra ni de canuto". Y la estrellona, consecuente, no cambia. Como si de un Mick Jagger se tratara, canta su particular (I CAN'T GET NO) SATISFACTION en todo tiempo y lugar, tanto da si viene a cuento como si no.
Tuvimos dos de esas. Contrapuestas. Negligibles. Vendiendo material gastado... No es importante. Ni siquiera vale la pena despiezarlos... ¿Para qué? ¿A quién le importa? ¿A quién importan? Sólo una cosa para el último de ellos, el que semejaba un senior de la escuela de negocios patrocinada por el WSJ: ¿Cuanto tiempo hace que no ha visto -si alguna vez lo hizo- la MTV? ¿Osaría afirmar o enfrentar su talento al de la gente del The Andy Milonakis Show -el propio Andy incluido- y similares? ¿O quizás lo haría con los de la Familia Guy? Un signo de decrepitud intelectual, o de acomodación, o de ambas, lo suele ser el hecho de despreciar aquello que no conocemos y/o dominamos. Tanto, al menos, como el de aceptar lo novedoso por el mero hecho de serlo. Habrá que volver, como casi siempre, al prudente cálculo aristotélico para navegar por la mainstream de la vida, procurando -eso sí- estar siempre más cerca de la vanguardia que de la retaguardia. Aunque sólo sea porque el presque vu nunca es tan aburrido como el déjà vu. Por cierto, si tuviere base la inferencia que contrapone cantidad a calidad, popularidad a exquisitez, no cabe dudar de la exquisitez y calidad del evento.

¡Dejen a Laura en paz!

Esto de ser mayor, bastante mayor, demasiado mayor, es, sobre todo, cansado. No lo es por una cuestión física, no. En ese aspecto tiende uno a estar tal mal como siempre puesto que la edad ocupó el lugar del exceso. Tampoco es una cuestión de esas que algunos reifican llamándola psicológica, tampoco. A partir de algún momento, el miedo a la muerte acaba por absorber las angustias de segundo nivel.

El cansancio lo es por aburrimiento, por hartazgo. Con el transcurrir de la vida se logra, bien que mal, conformar un pequeño catálogo de cuestiones metodológicas resueltas, aquellas que, por obvias, no necesitan ser justificadas en cada ocasión. En este catálogo, las cuestiones atinentes a la lógica elemental ocupan un lugar de privilegio: cabe conclusión verdadera de premisas falsas, pero no al contrario; del antecedente se sigue el consecuente, pero no al revés; necesario es aquello que no puede no ser, que es absurdo negar... bobadas así.

Y es cuando te encuentras de nuevo enredado con lo obvio cuando no puedes resistir la oleada de melancolía que te provoca -el vate William dixit, y no los epígonos que se la adjudican– tanto esfuerzo inútil. Viene esto a cuento porque, en cumplimiento de las obligaciones propias de mi actual condición -estudiante– reviso, entre otros vomitorios, algunos diarios digitales. En uno de ellos, ECD, encuentro, con la firma de un tal Javier Fumero sobre foto-con-peinado-al-agua, una Tribuna libre titulada: “Amo a Laura y a los progres de la MTV.”

En ella, entre otras perlas y con negritas puestas por su autor, tropiezo con la siguiente parrafada: “Si uno se opone a la pornografía, al matrimonio homosexual, a la equiparación de los simios con el hombre, o a la pesca de la trucha en riberas semiterrosas, no sólo será anatematizado por los progres y expulsado del Olimpo de la Modernidad; hay que insultarles –dicen- y, si es posible, llamarles panolis, bobalicones y meapilas. Lo tuyo son preferencias personales –añaden-. Sin entrar, por supuesto, en si estas derivan de juicios verdaderos y, por tanto, universalmente válidos. No. Aquí no se debate. Aquí los liberales, los rebeldes, los socialistas, los transgresores, los feministas, los amantes del mono y díscolos en general parecen disponer de carta blanca –ellos sí- para imponer sus razones (o sin razones) sin necesidad de justificar postura alguna.”

Un párrafo así da para un “Acercamiento lateral a las involuciones amiotróficas generadas por un exceso de ansiomoralina inyectada en vena sin estabilización previa”. Aunque ocasionalmente tengo impulsos asesinos, no es la escritura el instrumento adecuado para hacerlos realidad. Me limitaré, pues, a señalar algunas obviedades sobre el párrafo del ínclito:
  • Hay que ser tonto de mucho, mucho nivel -de tontuna, claro- para asociar MTV y progres. Que alguien le cuente a este cachorro de Escrivá qué es el capitalismo y qué es VIACOM. Por favor, ilústrense ante de soltarla.
  • Oponerse a la pornografía, al matrimonio homosexual, a..., a..., es sencillo: limítese a no ejercerlos y deje que cada cual se la machaque como pueda o quiera. Porque, a Vd., ¿qué mas le da? Y si le da, ¿de qué se queja? Si no le basta con panoli, bobalicón y meapilas -a confesión de parte, relevo de prueba- añádase metiche, mirón, celestino... ¿Desde qué instancia infieren estos personajes que oponerse a cosa alguna es lógicamente equivalente a imponer esa negación a los demás?
  • La frase antológica viene ahora: “Lo tuyo son preferencias personales -añaden-. Sin entrar, por supuesto, en si estas derivan de juicios verdaderos y, por tanto, universalmente válidos.” Alguien debiera contarle algo elemental: Un juicio verdadero, universalmente válido, es -ya desde la lógica aristotélica- un juicio necesario. Necesario es aquello que no puede no ser. Lo que no puede no ser, no es debatible, es. Y necesario,necesario, no hay más que el principio de identidad, aquel que nos dice que A=A. Nada, pero limpio.
  • La mezcla final, espléndida. ¿Todavía circula la mescalina? Tal parece.

Solo un ruego, el ruego de un anciano a la basca del incienso: Para cuando venga el Pope, dentro de nada, no es necesario que violen la lógica -ni a nadie más-. Mejor que escriban teniendo a mano un manual de retórica argumentativa. Ahorrarán sandeces y me ahorrarán melancolías varias.

Amecadas: saltos de trampolín

El trampolín fáustico
Ernest García (Ediciones Tilde)
ISBN 8495314819

Ocasionalmente, y por razones no siempre confesables, leo algún que otro libro. La mayoría -no todos- correctamente escritos. Algunos -los menos- brillantemente escritos. Pero tanto unos como otros tienden a ser negligibles: nada perdería no leyéndolos. Ni su estilo es suficientemente sugerente ni interesante su temática.
Pero hay excepciones. Unos por su estilo y otros, como en este caso, por tratarse de textos que invitan al debate y a la reflexión de manera provocativa, tanto como para dejar de lado el quietismo intelectual que nos adormece cuando creemos estar seguros de haber encontrado la mítica piedra filosofal. Este es uno de ellos.

Ernest García, filósofo, profesor de Sociología y Antropología Social de la UVEG, presenta en este libro el tema del desarrollo sostenible –tan de moda hoy en día–, con la intención de profundizar en uno de los aspectos considerados como esenciales para el futuro del bienestar humano: ¿es posible una relación equilibrada y armónica entre sociedad y naturaleza?
De acuerdo con el autor de El trampolín fáustico, el sentido con el que se ha venido utilizando el concepto de desarrollo sostenible es uno de los nuevos mitos de la ciencia y el poder establecido «contra el que conviene estar prevenido». A juicio de Ernest García, la sostenibilidad no es sino una coartada para dar un salto a nuevas formas sofisticadas de opresión que significarían la puesta en peligro de la propia supervivencia humana.

A lo largo de sus páginas, el autor revisa la información más relevante sobre el tema, para polemizar sobre lo que él denomina «el discurso ambientalista» y sus contradicciones, destacando la importancia que tienen las dimensiones políticas y sociales en el debate sobre el desarrollo, concebido más allá del simple crecimiento económico. No contento con estas críticas, se adentra igualmente a discutir el problema ecológico, el cual a su juicio no es, en el fondo, sino un problema cultural.

En efecto, El trampolín fáustico discute sobre los límites del análisis ecológico, el problema de la sostenibilidad y su vinculación sociopolítica con el globalismo ambientalista. Temas como el cambio tecnológico, la protección del medio ambiente, el cambio social, la dimensión cultural, etc., son abordados detenidamente por el autor, en un intento por profundizar el análisis de una de las problemáticas más importantes de las ciencias del desarrollo y salirle al paso a lo que él denomina mitos tecnoeconómicos: «A mi parecer, el concepto de desarrollo sostenible es científicamente inconstruible. Culturalmente es desorientador, porque esconde las ideas y los valores alternativos y no altera los términos del dilema planteado en la civilización industrial. Políticamente es engañoso: reconoce que hay alguna cosa equivocada pero sugiere que el error puede corregirse con dosis mayores de las mismas medicinas».

El trampolín fáustico esta dividido en cuatro capítulos. El primero está dedicado a la discusión del concepto de desarrollo sostenible. El segundo se dedica a discutir los orígenes y la supuesta determinación teórica del desarrollo sostenible en la ecología. El tercero plantea la insostenibilidad del modo o estilo de vida industrial actual y la viabilidad de que el tiempo del Homo Sapiens está por terminar en el planeta. El capítulo cuarto se dedica a la cuestión política, previniéndonos contra el mito de que «ante la crisis ecológica, se nos anuncia una economía ambientalmente compatible».

El trampolín fáustico no está exento de apreciaciones subjetivas y orientaciones normativas que expresan claramente una opción ideológica, pero éstas se hacen explícitas y no son evitadas por el autor. Al contrario, asumir una postura crítica ante el aparente conformismo que acompaña al concepto de desarrollo sostenible por parte de la comunidad científica, las agrupaciones sociopolíticas de diversos tintes y las elites del poder, supone una importante llamada de atención a quienes se ocupan de reflexionar sobre la problemática del desarrollo.

En todo caso con estas reflexiones queda abierta la posibilidad de que sólo la participación ciudadana sea, quizá, el único camino que tenga la ciencia para tratar de conciliar las indeterminaciones de cualquier proyecto de desarrollo, se tome o no en cuenta la variable ecológica...

Y casi queda bonito y todo, lo antedicho. Y casi todo es verdad y casi todo es compartible. Sólo que de las evidencias que se manifiestan a lo largo y ancho del libro, de sus premisas –a mi entender ampliamente fiables– no se desprende la conclusión. Y sin pretender en absoluto hacer un juicio de valor, tengo la convicción de que el autor, que transparenta una amplia gama de conocimientos sobre el tema, se desliza por el terreno de la moda y de lo “políticamente correcto” en el campo de lo “alternativo”.

Dudo que Vandana Shiva, al margen de la simpatía que le pueda tener –el débil mueve a la compasión–, represente para Ernest García alternativa a nada ni a nadie, en el terreno en que se libra la supuesta batalla. Dudo que Ernest García presuma, por más que le parezca deseable, que si ya Epicuro lo tuvo crudo en su tiempo, y todavía el sistema “bienpensante” lo abusa como ejemplo de depravación moral, vaya la historia a dar no ya un salto sino un triple mortal invertido y tenga aquel la mínima posibilidad de contemplar el asombroso hecho de que su filosofía de vida se imponga, ¿por obra de quién?, ¿por obra de qué?, ¿milagro de los dioses, tal vez? , en el Siglo XXI d.C.

Lo peor es que de sus premisas resulta más razonable deducir que, o bien el sistema estalla y deviene la catástrofe ecológica y se acaba el juego, o bien se reduce drásticamente el número de jugadores. Y en esta segunda alternativa, a buen seguro que moral, democracia, humanidad, etc. etc. serán aparcadas convenientemente. Y las apuestas sobre qué jugadores y qué territorios resultarán sacrificados cotizarán 1/1, es decir, no pagarán nada, hasta los listos las acertarán. Incluso algún cretino presidente de algún imperio podrá, remedando a Hitler, bautizar la limpieza como “Solución Final”, aunque en este caso es probable que cuente con la bendición de todos y cada uno de los popes representantes de todas y cada una de las iglesias de este mundo, que tiempo ha que aprendieron que cuando las cosas se ponen duras, en ningún sitio como bajo el paraguas del poder.

Como colofón, una nota de asombro. Treinta años atrás, cuando el mundo era bipolar y atómico, la “bomba” (nuclear, claro) nunca salía de los análisis de los estudiosos. La catástrofe nuclear lo circundaba y determinaba todo. Películas, libros, canciones... Ahora simulamos que no existe. Está fuera del discurso. ¿Por qué? ¿Qui prodest?.

Amecadas: dioses y sirenas

Disfruté una vez de un profesor magnífico (no porque esté muerto) que, tal vez para tantear las capacidades argumentativas del alumnado, inició un curso de introducción a la filosofía proponiendo que respondiéramos a una cuestión, cuestión que si en su época pudo ser materia habitual de debate, en la actualidad semejaba, más bien, un ejercicio de onanismo intelectual. La cuestión era la siguiente:
¿Puede dios pensar sirenas?
¡Pardiez!, que diría el castizo. ¿No habíamos terminado por fin con los años de oscuridad? Esperemos que sí. Seguro que sí. Pero, desde esta convicción, podía valer la pena regresar al pasado no tanto para contestar a preguntas sin sentido, cuanto para ejercitar la máquina de pensar, a poder ser con un punto de suave ironía. Y mi respuesta a la cuestión se pareció en algo a lo que sigue.

Constando la proposición de cuatro palabras, cabe analizarlas una a una:

.Puede, seguido de otro verbo en infinitivo (pensar), expresa la falta de impedimento (físico o moral) para que la acción designada en el infinitivo sea realizada por el sujeto, o se realice en él.
.Dios, ser supremo, creador, conservador y rector de todo el universo.
.Pensar, formar ideas o juicios acerca de algo o de alguien.
.Sirena, ninfa mitológica con la parte superior de mujer y la inferior de pez o ave, que atrae a los marineros con la dulzura de su canto.

Si logramos probar la existencia de los entes relacionados en la proposición, dios y sirenas, y la esencia de cualquiera de los dos no le impide pensar/ser pensado por el otro, resolvemos la cuestión. Siguiendo, pues, al maestro Aristóteles vamos de lo fácil a lo difícil y empezamos por las sirenas. Cualquier escéptico barato opinaría que estamos pillados en este punto:

“Comoquiera que no existen las sirenas, no pueden ser pensadas.”

¡Voto a bríos, qué osadía! Como si sólo pudiéramos pensar sobre lo que se puede contar, medir o pesar. Con la suficiente ingesta de la bebida espirituosa adecuada, el problema no es tanto si existen o no las sirenas, sino decidir cuáles son preferibles, las que tienen cola de ave o de pez, y en ese caso de qué ave o pez, en función de las personales preferencias.

Sirva esto como prueba irrefutable de la existencia de las sirenas, sin necesidad de apoyarnos en citas de Homero, Platón, Alejandro Magno, Plinio el Viejo, et alii, cosa que haríamos de considerarlo necesario.

Aunque hemos salvado con gallardía el primer obstáculo, aquí nos espera el escéptico, retándonos a que probemos la existencia de dios. Fácil. Podríamos acudir al catálogo de pruebas:

.Ontológicas: Contingencia del mundo. Primer motor. Causas finales.
.Metafísicas: Si a dios le llamamos ser es porque existe. La idea de ser perfecto viene de un ser perfecto. La Verdad Eterna.
.Morales: Si la creencia es universal es cierta. La eternidad es aspiración de la razón humana. La ley moral es ley de perfección con dios de legislador.
El problema viene a continuación. Y no está en los 15.218.127 argumentos en contra que podemos rastrear en los escritos de tanto ateo que no se apea de la funesta manía de pensar, ni siquiera en las elucubraciones de raiz kantiana a que se acogen los agnósticos. Estriba el problema en que nuestro dios nos ha salido con exceso de atributos:

.Metafísicos: Único, indivisible, inmutable, eterno, infinito, inmenso, fuera del tiempo y del espacio.
.Morales: Inteligencia, bondad, omnipotencia, todo en grado de infinitud.
Un somero repaso a ese catálogo de atributos impide considerar siquiera la posibilidad de que se ocupe de algo o de alguien. En el supuesto de que existiera, Dios lo hizo todo de golpe por y para siempre y se quedó congelado, sin posibilidad teórica ni práctica de acción y/o pensamiento. En el supuesto contrario, bastante trabajo tiene para escapar del mundo de la fantasía como para perder el tiempo en pensar en sus colegas de cuento, las sirenas. En conclusión inapelable, ni dios puede pensar sirenas, ni malditas las ganas que tendría de hacerlo en el supuesto de que pudiera. Y lo que ya es definitivo: ¿cómo tomarse en serio a un dios dedicado a pensar sirenas? Ni los de El Jueves.

Adagios

  1. "En el arte, nada que merezca la pena se puede hacer sin genio; en ciencia, incluso una capacidad muy modesta puede contribuir a un logro supremo."
  2. "La ciencia es lo que sabes; la filosofía es lo que no sabes."
  3. "Las matemáticas son la ciencia en la que nunca sabemos de qué hablamos ni si lo que decimos es verdad" Bertrand Russell


“La ciencia siempre está en falta. Nunca soluciona un problema sin crear otros diez.” Bernard Shaw

“Nunca me he encontrado con alguien tan ignorante de quien no pudiese aprender algo.” Galileo Galilei

"Las ciencias no tratan de explicar, incluso apenas tratan de interpretar, construyen modelos principalmente. Por modelo, se entiende una contrucción matemática que, con la adición de ciertas interpretaciones verbales, describe los fenómenos observados. La justificación de tal construcción matemática es sólo y precisamente que se espera que funcione." John von Neumann




Canción amarga - Provenzano

Mentri canta la lupara / Na carrogna grida e mori / Chista leggi dura e amara / A l'infami spacca o cori / Omertà, omertà / Leggi che nun perduna / A cui facci infamità...

(Mientras canta la recortada / La carroña grita y muere / Esta ley dura y amarga / A lo infames espanta el corazón / Omertà, omertà / Ley que no perdona / A los que cometen infamia...) La musica della Mafia - Il Canto di Malavita