El trampolín fáustico
Ernest García (Ediciones Tilde)
Ernest García (Ediciones Tilde)
ISBN 8495314819
Ocasionalmente, y por razones no siempre confesables, leo algún que otro libro. La mayoría -no todos- correctamente escritos. Algunos -los menos- brillantemente escritos. Pero tanto unos como otros tienden a ser negligibles: nada perdería no leyéndolos. Ni su estilo es suficientemente sugerente ni interesante su temática. Pero hay excepciones. Unos por su estilo y otros, como en este caso, por tratarse de textos que invitan al debate y a la reflexión de manera provocativa, tanto como para dejar de lado el quietismo intelectual que nos adormece cuando creemos estar seguros de haber encontrado la mítica piedra filosofal. Este es uno de ellos.
Ocasionalmente, y por razones no siempre confesables, leo algún que otro libro. La mayoría -no todos- correctamente escritos. Algunos -los menos- brillantemente escritos. Pero tanto unos como otros tienden a ser negligibles: nada perdería no leyéndolos. Ni su estilo es suficientemente sugerente ni interesante su temática. Pero hay excepciones. Unos por su estilo y otros, como en este caso, por tratarse de textos que invitan al debate y a la reflexión de manera provocativa, tanto como para dejar de lado el quietismo intelectual que nos adormece cuando creemos estar seguros de haber encontrado la mítica piedra filosofal. Este es uno de ellos.
Ernest García, filósofo, profesor de Sociología y Antropología Social de la UVEG, presenta en este libro el tema del desarrollo sostenible –tan de moda hoy en día–, con la intención de profundizar en uno de los aspectos considerados como esenciales para el futuro del bienestar humano: ¿es posible una relación equilibrada y armónica entre sociedad y naturaleza?
De acuerdo con el autor de El trampolín fáustico, el sentido con el que se ha venido utilizando el concepto de desarrollo sostenible es uno de los nuevos mitos de la ciencia y el poder establecido «contra el que conviene estar prevenido». A juicio de Ernest García, la sostenibilidad no es sino una coartada para dar un salto a nuevas formas sofisticadas de opresión que significarían la puesta en peligro de la propia supervivencia humana.
A lo largo de sus páginas, el autor revisa la información más relevante sobre el tema, para polemizar sobre lo que él denomina «el discurso ambientalista» y sus contradicciones, destacando la importancia que tienen las dimensiones políticas y sociales en el debate sobre el desarrollo, concebido más allá del simple crecimiento económico. No contento con estas críticas, se adentra igualmente a discutir el problema ecológico, el cual a su juicio no es, en el fondo, sino un problema cultural.
En efecto, El trampolín fáustico discute sobre los límites del análisis ecológico, el problema de la sostenibilidad y su vinculación sociopolítica con el globalismo ambientalista. Temas como el cambio tecnológico, la protección del medio ambiente, el cambio social, la dimensión cultural, etc., son abordados detenidamente por el autor, en un intento por profundizar el análisis de una de las problemáticas más importantes de las ciencias del desarrollo y salirle al paso a lo que él denomina mitos tecnoeconómicos: «A mi parecer, el concepto de desarrollo sostenible es científicamente inconstruible. Culturalmente es desorientador, porque esconde las ideas y los valores alternativos y no altera los términos del dilema planteado en la civilización industrial. Políticamente es engañoso: reconoce que hay alguna cosa equivocada pero sugiere que el error puede corregirse con dosis mayores de las mismas medicinas».
El trampolín fáustico esta dividido en cuatro capítulos. El primero está dedicado a la discusión del concepto de desarrollo sostenible. El segundo se dedica a discutir los orígenes y la supuesta determinación teórica del desarrollo sostenible en la ecología. El tercero plantea la insostenibilidad del modo o estilo de vida industrial actual y la viabilidad de que el tiempo del Homo Sapiens está por terminar en el planeta. El capítulo cuarto se dedica a la cuestión política, previniéndonos contra el mito de que «ante la crisis ecológica, se nos anuncia una economía ambientalmente compatible».
El trampolín fáustico no está exento de apreciaciones subjetivas y orientaciones normativas que expresan claramente una opción ideológica, pero éstas se hacen explícitas y no son evitadas por el autor. Al contrario, asumir una postura crítica ante el aparente conformismo que acompaña al concepto de desarrollo sostenible por parte de la comunidad científica, las agrupaciones sociopolíticas de diversos tintes y las elites del poder, supone una importante llamada de atención a quienes se ocupan de reflexionar sobre la problemática del desarrollo.
En todo caso con estas reflexiones queda abierta la posibilidad de que sólo la participación ciudadana sea, quizá, el único camino que tenga la ciencia para tratar de conciliar las indeterminaciones de cualquier proyecto de desarrollo, se tome o no en cuenta la variable ecológica...
Y casi queda bonito y todo, lo antedicho. Y casi todo es verdad y casi todo es compartible. Sólo que de las evidencias que se manifiestan a lo largo y ancho del libro, de sus premisas –a mi entender ampliamente fiables– no se desprende la conclusión. Y sin pretender en absoluto hacer un juicio de valor, tengo la convicción de que el autor, que transparenta una amplia gama de conocimientos sobre el tema, se desliza por el terreno de la moda y de lo “políticamente correcto” en el campo de lo “alternativo”.
Dudo que Vandana Shiva, al margen de la simpatía que le pueda tener –el débil mueve a la compasión–, represente para Ernest García alternativa a nada ni a nadie, en el terreno en que se libra la supuesta batalla. Dudo que Ernest García presuma, por más que le parezca deseable, que si ya Epicuro lo tuvo crudo en su tiempo, y todavía el sistema “bienpensante” lo abusa como ejemplo de depravación moral, vaya la historia a dar no ya un salto sino un triple mortal invertido y tenga aquel la mínima posibilidad de contemplar el asombroso hecho de que su filosofía de vida se imponga, ¿por obra de quién?, ¿por obra de qué?, ¿milagro de los dioses, tal vez? , en el Siglo XXI d.C.
Lo peor es que de sus premisas resulta más razonable deducir que, o bien el sistema estalla y deviene la catástrofe ecológica y se acaba el juego, o bien se reduce drásticamente el número de jugadores. Y en esta segunda alternativa, a buen seguro que moral, democracia, humanidad, etc. etc. serán aparcadas convenientemente. Y las apuestas sobre qué jugadores y qué territorios resultarán sacrificados cotizarán 1/1, es decir, no pagarán nada, hasta los listos las acertarán. Incluso algún cretino presidente de algún imperio podrá, remedando a Hitler, bautizar la limpieza como “Solución Final”, aunque en este caso es probable que cuente con la bendición de todos y cada uno de los popes representantes de todas y cada una de las iglesias de este mundo, que tiempo ha que aprendieron que cuando las cosas se ponen duras, en ningún sitio como bajo el paraguas del poder.
Como colofón, una nota de asombro. Treinta años atrás, cuando el mundo era bipolar y atómico, la “bomba” (nuclear, claro) nunca salía de los análisis de los estudiosos. La catástrofe nuclear lo circundaba y determinaba todo. Películas, libros, canciones... Ahora simulamos que no existe. Está fuera del discurso. ¿Por qué? ¿Qui prodest?.

1 comentario:
Y treinta años después, ¿cuantos botones rojos hay?
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